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La Verdad del flamenco
Érase una vez...
un maestro.
Con el paso de los años, aquel maestro comprendió
que enseñar no era mover los pies
ni marcar el compás.
Era algo mucho más profundo.
Era cultivar con cuidado el corazón de cada persona
y guiarla para que un día pudiera bailar con su propia luz.
Una noche de octubre,
había en el estudio un murmullo distinto al de siempre.
No era el sonido de los tacones ni la resonancia del cajón,
sino el temblor de la respiración
y el sonido de los nervios convirtiéndose en luz en el fondo de los ojos.
Las luces se atenuaron lentamente,
y lo primero que habló fue el silencio.
Entonces, una persona tras otra,
el alumnado fue saliendo al escenario.
Nadie buscaba adornarse, nadie competía;
bailaban, sencillamente, tal como se lo pedía el corazón.
En aquel instante, el maestro supo
que el flamenco...
también podía llorar de alegría.
No oía los aplausos del público.
En sus oídos solo resonaban las sonrisas.
Sonrisas sin artificio, sinceras,
de esas que no nacen en los ensayos.
Cada sonrisa
era un «gracias» que no encontraba palabras.
Cada paso
parecía una confesión en voz baja.
Cuando el último golpe de tacón se desvaneció sobre el suelo de madera,
en el pecho del maestro quedó una dulce tristeza.
Como cuando el mar se retira
y la orilla sigue brillando: aquella quietud.
La serena felicidad que llega después de haberlo dado todo
en un trabajo amado.
Quienes habían bailado se abrazaban, reían,
y había quienes lloraban sin motivo.
Mientras contemplaba aquella escena, el maestro pensó:
«Esto es.
Esto es el flamenco.
Esto es La Verdad».
La verdad no es algo que se baila,
sino algo que se vive.
Aquella noche, todos la estaban viviendo.
Sin máscaras ni miedo,
con el corazón abierto...
El maestro se quedó a solas
un poco más en el estudio silencioso.
En el aire aún permanecían el eco de las palmas,
el aroma de las flores y el olor del esfuerzo.
Cerró los ojos y sonrió.
Seguro que, en lo más hondo de cada corazón,
aquel momento permanece.
Aquel instante en que todo estaba lleno de compás,
de luz,
de cuerpo
y de gratitud.
Y mientras apagaba la luz,
susurró:
«Si alguna vez perdéis el rumbo,
recordad esta noche.
Esta noche en que, sin saberlo,
todos erais duende».
De parte del maestro Beni
Portada institucional del blog de profesores de BG Flamenco; no es una fotografía de la escena narrada.

