Durante este viaje, Teo ha empezado a acercarse a España a través de Córdoba, de su historia y de sus raíces. Pero aquel día comprendí que un país no siempre se conoce dentro de un monumento.

A veces se conoce dentro de una piscina.

Pasamos el día con la familia en Aquasierra, el parque acuático de Villafranca de Córdoba. Hacía calor, había agua, juegos, conversaciones y ese ruido alegre que acompaña a los días de verano.

Para mí, sin embargo, no fue solamente un día de piscina.

Hubo un momento en el que miré a mi madre, a mi hermana, a mi cuñado y a mi sobrino y pensé:

«No es normal la familia tan maravillosa que tengo».

Sentí su cariño en las cosas pequeñas. En una conversación, en una broma, en una mirada y en esa forma de estar juntos que no necesita grandes discursos. Era un amor sencillo, pero estaba por todas partes.

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«¿Cómo puede ser que nadie se enfade?»

Mientras nosotros disfrutábamos del día, Teo observaba cuanto sucedía a su alrededor con muchísima atención.

Dentro de aquella piscina estaba descubriendo algo que para nosotros puede parecer completamente normal, pero que para él era nuevo.

Veía a la gente abrazarse y besarse. Veía a dos amigas jugar, hundiéndose la cabeza bajo el agua y saliendo después entre carcajadas. Veía a un muchacho coger en brazos a su novia y lanzarla a la piscina. Ella salía riéndose y el juego continuaba.

También veía a padres jugando con sus hijos pequeños, lanzándolos al agua con confianza mientras ellos volvían a la superficie pidiendo:

«¡Más, más, más!».

Teo lo miraba sorprendido.

«No me lo puedo creer. ¿Cómo puede ser que nadie se enfade?»

Su pregunta me hizo mirar también.

Para él, algunos de aquellos gestos podían parecer bruscos si se observaban fuera del vínculo y del código compartido por quienes estaban jugando. Sin embargo, allí se entendían como muestras de confianza, cariño y complicidad.

No había malas caras ni discusiones.

Había personas adultas jugando como niños. Gente hablando, riéndose, abrazándose y compartiendo el espacio con una naturalidad que a Teo le resultaba completamente nueva.

Y eso era precisamente lo bonito.

Nadie parecía tener miedo de hacer el ridículo. Nadie sentía la obligación de mantener una seriedad permanente. Durante unas horas, todos tenían permiso para jugar.

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Los códigos invisibles del cariño

Teo ha crecido en Japón, dentro de unos códigos sociales diferentes. No con menos cariño, sino con otras formas de expresarlo. Por eso, aquella manera tan física, ruidosa y espontánea de relacionarse despertaba en él tantas preguntas.

Aquel día comprendí que las diferencias culturales no se encuentran solamente en la comida, la arquitectura, el idioma o la historia.

También aparecen en la distancia que dejamos entre nuestros cuerpos; en la manera de abrazarnos; en el volumen con el que hablamos; en cómo hacemos una broma; en el valor que damos al contacto; y en ese acuerdo invisible que nos permite comprender cuándo un gesto es una molestia y cuándo nace de la confianza.

No se trata de decidir que una cultura sea mejor que otra.

Son maneras distintas de relacionarse y de expresar las emociones.

Teo ha crecido en Japón y lleva consigo unas raíces españolas. De alguna forma, pertenece a los dos lugares. Quizá por eso puede mirar España desde dentro y desde fuera al mismo tiempo.

Eso me fascina.

Mientras yo veía una pareja jugando en el agua, él se preguntaba por qué ninguno de los dos se enfadaba.

Mientras yo veía una familia riéndose, él intentaba comprender de dónde nacía toda aquella confianza.

Y mientras lo escuchaba hablar, pensé que quizá este viaje no consiste solamente en enseñarle mis raíces.

También consiste en permitir que él me enseñe a mirarlas de nuevo.

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Volver a mirar España

A través de sus ojos estoy volviendo a descubrir escenas que llevaba toda la vida dando por hechas. Cosas sencillas que nunca había necesitado explicar, pero que también cuentan quiénes somos y cómo vivimos.

Aquel día sentí profundamente el amor de mi familia. Y, al mismo tiempo, vi a mi hijo comprendiendo poco a poco una parte de nuestra manera de estar en el mundo.

No mediante una explicación.

No a través de un libro.

Sino observando a la gente jugar, abrazarse, reírse y quererse.

Durante unas horas, aquella piscina se convirtió en una pequeña ventana a una parte de España. Dentro de ella, Teo descubrió que el cariño también puede ser ruidoso, físico, juguetón y completamente espontáneo.

Este viaje continúa llenando nuestra caja de tesoros.

Aquel día guardamos uno nuevo: un día de verano, una familia maravillosa, muchas carcajadas y la mirada sorprendida de Teo al descubrir que, en algunos lugares, incluso los adultos siguen teniendo permiso para jugar como niños.

«Pensaba que yo había traído a mi hijo para enseñarle España. Pero cada día descubro que él también me está enseñando a mirarla de nuevo».

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Enlaces relacionados

  • Capítulo anterior: Caminos difíciles, recuerdos valiosos (Artículo completo no disponible en esta versión en español.)

  • Aquasierra · Parque acuático de Villafranca de Córdoba

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AlitaDePollo