Hoy no ha ocurrido nada extraordinario. Y quizá precisamente por eso quiero escribirlo.

Estoy echado en mi cama. La habitación tiene una luz tranquila. Fuera se escucha la lluvia y, pegadito a mí, está Batres. También está echado. Me mira de vez en cuando y vuelve a quedarse tranquilo.

No estamos haciendo nada. Y qué maravilla poder decir eso.

Porque mientras escucho caer la lluvia me he puesto a pensar en mi vida, en mis hijos, en todo lo que ha ocurrido y en cómo me siento ahora. Y la palabra que me viene es muy sencilla: paz.

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Mi hijo está haciendo su propio camino

Pienso mucho en mis hijos. Hoy especialmente pienso en mi hijo y en cómo está empezando a apañárselas solo. Va por sí mismo a trabajar. Está ganando su propio dinero para poder comprarse sus cosas.

Puede parecer una cosa pequeña. Para mí no lo es. Como padre, observar que tu hijo empieza a caminar por sí mismo produce una sensación difícil de explicar. No significa que ya no me necesite. Significa que está creciendo. Y verlo me hace sentir profundamente orgulloso.

No solamente por mí. La educación de un hijo nunca pertenece a una sola persona. Pero sí puedo mirar este momento de nuestra vida y pensar: estamos saliendo adelante.

Y además estoy descubriendo algo que necesitaba descubrir: puedo ser un buen padre siendo yo mismo.

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Después del divorcio

Hay otra parte de esta tranquilidad que me cuesta un poco más escribir. Mi divorcio.

Decir que una separación me ha traído paz puede resultar incómodo. Un matrimonio contiene muchos años, muchas historias y muchas cosas que solamente conocen quienes las han vivido. No quiero convertir esto en un juicio sobre nadie. Solamente puedo hablar de mí.

Durante mucho tiempo tuve una sensación que ahora reconozco mejor: estar siempre alerta por si molestaba a alguien. Pensar si lo que hacía incomodaba. Si lo que decía incomodaba. Si ser como soy podía incomodar. Y vivir así termina cansando.

Ahora siento algo diferente. No voy deprisa. Estoy tranquilo. Puedo estar en mi casa sin esa sensación de alerta. Puedo escuchar la lluvia. Puedo tumbarme con mi perro. Puedo pensar en mis hijos. Puedo trabajar. Puedo quedarme en silencio. Y, sobre todo, puedo ser yo mismo.

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La autoestima también puede ser silenciosa

Durante nuestra conversación estaba intentando encontrar una palabra para explicar lo que todo esto me estaba dando. Primero pensé en fuerza. Después apareció la palabra exacta: autoestima.

Y me he dado cuenta de que la autoestima no siempre consiste en sentirse poderoso. A veces es mucho más sencilla. Es levantarte por la mañana sin sentir que tienes que pedir perdón por ser quien eres. Es hacer tu vida sin pensar continuamente que estás molestando. Es sentirte tranquilo contigo mismo.

Es saber que tienes responsabilidades —muchas— y asumirlas, pero sin dejar de existir tú dentro de ellas. Soy padre. Soy responsable de mi hijo. Tengo una hija a la que quiero. Tengo mi trabajo, mi academia, mis proyectos y todas las preocupaciones normales de cualquier vida. Pero debajo de todo eso sigo estando yo. Y ahora siento que estoy recuperando a esa persona.

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Batres, la lluvia y este momento

Batres continúa aquí pegado a mí mientras pienso todo esto. Y quizá mañana esta escena parezca insignificante. Una cama. Un perro. Una habitación con poca luz. La lluvia fuera. Nada más.

Pero hay momentos de la vida que no necesitan ser grandes para ser importantes. Quizá la felicidad también sea esto. No tener que correr. No sentir culpa. Saber que tus hijos están creciendo. Sentir que puedes cuidar de ellos sin desaparecer tú. Estar tranquilo en tu propia casa. Y poder decir, sin miedo: esta es mi vida y estoy en paz con ella.

He pasado por cosas que no habría elegido. Pero también entiendo que algunas etapas tienen que terminar para que podamos continuar.

Esta noche, escuchando la lluvia con Batres a mi lado, creo que lo entiendo un poquito mejor.

Siempre hay que dejar algo detrás cuando quieres seguir avanzando.

Y quizá avanzar no siempre signifique correr hacia delante. A veces avanzar es simplemente poder quedarte quieto... y sentirte, por fin, en paz.

AlitaDePollo