El recuerdo de mis padres y una conversación con Dios que estoy intentando retomar.
De niño rezaba todas las noches. Le pedía a Dios, con todo mi corazón, que algún día pudiera dedicarme profesionalmente a la danza.
«Dios, ayúdame a conseguir mi sueño.»
Sentía que me escuchaba. Me daba fuerzas para no dejar de intentar. Y seguí. Con los años, aquel sueño se convirtió en mi vida.
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Después mi padre enfermó de leucemia.
Mi padre era todo para mí. Sufrió muchísimo durante los últimos años de su vida y, aun así, yo nunca pensé de verdad que fuera a morir. Sabía que estaba enfermo, veía lo que estaba pasando, pero no llegaba a creer que pudiera perderlo.
Cuando murió, me enfadé con Dios.
No fue una decisión pensada. No me senté un día a decir que Dios no existía. Simplemente dejé de hablar con Él.
Como digo yo: no le eché cuentas.
Y así pasaron muchos años.
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Ahora me está naciendo buscarlo otra vez. Estoy intentando volver a hablar con Él, aunque todavía no sé muy bien cómo.
Al principio pensaba que quería pedirle fuerzas. Recuperar aquella energía por la vida, por el arte, por las personas. Esa fuerza que sentía de niño y que me ayudaba a seguir intentando.
Pero estos días, hablando de lo que llevo dentro, apareció una frase que no había sabido decir con tanta claridad:
«Quiero recibir amor sin tener que ganármelo.»
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He pasado gran parte de mi vida queriendo, cuidando, ayudando. Me sale dar. Cuando digo que quiero amar de verdad y no por cumplido, me refiero a eso: hacerlo porque quiero, porque me nace.
Puedo querer a alguien aunque no reciba el mismo amor a cambio. Lo he vivido muchas veces.
Lo que me cuesta es recibir y confiar.
A veces, cuando alguien me da cariño, aparece un pensamiento que me impide quedarme tranquilo dentro de ese cariño:
«Esta persona después dejará de darme este amor y esperará a que yo le dé y le dé.»
Y entonces no termino de creérmelo. Me cuesta sentir que puede quedarse, que no tengo que ponerme enseguida a hacer algo para conservarlo.
Hace un tiempo pude decir: «También quiero recibir». Descubrí cuánto significaría para mí que alguien pensara en mí por iniciativa propia. Que tuviera un detalle sin que yo lo pidiera. El regalo no sería tanto el plan como la sorpresa de sentir que se había acordado de mí.
Ahora voy entendiendo algo más.
Quiero poder sentirme querido también durante un tiempo en el que yo no pueda dar mucho. Incluso si no sé cómo demostrar mi amor. Poder recibir ese cariño sin sentir que, desde ese momento, debo algo.
Eso sería un gran regalo para mí.
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Al preguntarme si alguna vez había conocido un amor así, la respuesta me salió enseguida:
«Mi padre y mi madre.»
Y al pensar en mi padre, lo vi muy claro. Sentía que estaba orgulloso de mí.
Solo por ser su hijo.
No necesitaba bailar bien. Ni triunfar. Ni conseguir algo nuevo para demostrarle lo que valía.
Era su hijo y me quería.
Hoy vuelvo a ese recuerdo y me doy cuenta de que ese amor ya lo había conocido. Lo que me cuesta es confiar en que también puedo recibirlo ahora.
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En estos días he dicho algo que todavía estoy intentando entender: «Dios está dentro de mí».
No sé explicar mucho más. Estoy volviendo a buscarlo. A intentar hablar con Él después de tantos años. No sé adónde me llevará esta conversación.
Quizá, además de fuerzas para seguir dando, estoy buscando aprender a sentirme amado cuando no tengo nada que ofrecer.
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De niño decía:
«Dios, ayúdame a conseguir mi sueño.»
Hoy quisiera poder decir:
«Dios, enséñame a sentir que soy amado sin tener que ganármelo.»
Y quizá esta sea mi manera de volver a hablar con Él, después de tantos años sin echarle cuentas.
AlitaDePollo
Autor: Benito García. Imagen: BG PHOTO, creada con IA.
Instagram: benitogarcia_japon

