Nota histórica: este relato fue escrito en octubre de 2025. La promesa de regresar en noviembre y las fechas del festival, 2 y 3 de noviembre de 2025, pertenecen a aquel momento.
La noche anterior apenas pude dormir. Mi pecho latía con fuerza y el alma temblaba suavemente, como presintiendo la emoción de lo que estaba por comenzar.
Por la mañana recogí el coche del taller. Nami, con su ternura habitual, preparó cada cosa del viaje con amor. En cada objeto que colocaba en la maleta había un silencio lleno de cariño.
Así, envuelto en amor, empezó un viaje que no olvidaré.
Era viernes. Acababa de terminar mi clase de “Alegrías de Córdoba” en BG Flamenco Academia. Fue una lección encendida: el cuerpo vivo, el alma iluminada. Esa noche salí a la carretera.
El trayecto hasta Matsuzaki duró dos días. Conduje la mitad del camino tras la clase y dormí en un hotel. Al amanecer, con el cuerpo y el alma descansados, retomé el volante.
A pesar de la distancia, no sentía cansancio. Cada kilómetro me regalaba una calidez nueva, como si alguien invisible me esperara al final del camino.
Matsuzaki… Hay cosas que no pueden decirse con palabras. Su gente, su silencio, su amor que abraza sin pedir nada a cambio.
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Al llegar, me recibieron los organizadores del evento, mi amigo Shin-chan, y el alcalde del pueblo. Los saludos estaban llenos de alegría y cortesía japonesa, una mezcla perfecta de respeto y afecto verdadero. No me sentí un invitado: me sentí parte de algo más grande.
Frente al mar, bajo la lluvia del mediodía, bailé sobre un escenario móvil protegido por una lona. Para mí, aquel era el teatro más hermoso del mundo.
El público, sediento de flamenco, estaba tan cerca que podía sentir su respiración. Sus miradas decían más que las palabras. Sus manos, al moverse, eran puro amor.
Entonces comprendí que el arte no está en el escenario ni en las luces, sino en el latido de los corazones que te miran.

Después del espectáculo, el equipo de cultura nos agasajó con whisky Yamazaki y otras bebidas que nos gustaban. Su hospitalidad fue tan cálida que me llenó el pecho.
Entre risas y brindis, escuché por primera vez la palabra “Abayo”. Tal como la escuché entre la gente de Matsuzaki, la entendí como “hasta luego”, pero allí sonó como una promesa: “volveremos a encontrarnos”.
Esa palabra quedó grabada en mí como un eco flamenco: suave, cálido y verdadero.

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Más tarde, fuimos a la casa que había preparado Uchida-san. Puertas de papel, tatami, olor a madera y a incienso… Una calma que parecía contener siglos.
Al recostarme en el futón gris, sentí una comodidad que no había sentido nunca. El viento se colaba por las rendijas trayendo el aliento antiguo de Japón.
No era un lugar para visitar, sino un lugar para vivir.
Esa noche cenamos juntos: el alcalde Jun Fukasawa, Shin-chan, Uchida-san, Heima-san, Junko-san, Mayuko-san, Mayumi-san, Nami-san, y muchos corazones del pueblo.
No fue una cena formal: fue una comida en familia. Después fuimos todos al karaoke, cantamos, bailamos, reímos… hasta la una y media de la madrugada.
En cada sonrisa sentí un amor que me abrazaba como si fuera mi propia familia. El espectáculo había terminado, pero el alma del flamenco seguía viva en esas risas.

A la mañana siguiente paseé por las calles tranquilas de Matsuzaki. El aire era puro, y las casas respiraban a su propio ritmo. Al volver, Uchida-san me esperaba con el desayuno preparado: pan, huevos, fruta y café. Nada extraordinario, pero todo estaba lleno de alma. En cada plato se podía ver el corazón de la gente de este pueblo.
Tras una sola noche en Matsuzaki sentí un amor y una alegría imposibles de describir. Hay algo único allí: una humanidad que ama sin esperar nada a cambio.
Estoy enamorado de Matsuzaki.
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En noviembre regresaré. El 2 y 3 de noviembre de 2025 se celebra el Festival de Otoño de Matsuzaki, una fiesta donde el pueblo entero se llena de luz.
Faroles, tambores, los mikoshi alzados sobre los hombros, las risas y los cantos que resuenan en la noche. Es una celebración donde el fuego, la música y los corazones se unen.
Esta vez no iré para bailar, sino para dejarme bañar por su belleza, para sentir su cultura en el corazón y amar más profundamente a Matsuzaki.
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Viajar no es moverse de lugar. Viajar es encontrarse a uno mismo. Este viaje me enseñó que incluso en el silencio el compás sigue sonando.
Gracias de corazón a toda la gente de Matsuzaki por el amor que me dieron.
Y en especial a todos en el Port Club: vuestra bondad y vuestro gran corazón quedarán para siempre conmigo.
— Benito García · Matsuzaki, octubre de 2025

