Hoy fui al parque Metasequoia.

Me invitó Nobu san, un gran fotógrafo muy conocido en el mundo del arte aquí en Japón. Pero lo primero que me tocó no fue su fama, ni su trayectoria, ni siquiera el lugar. Fue la manera en la que me escribió.

«Beni, ¡vamos a tomar un té! Se me acaba de ocurrir. Busca un rato para ir a ver el verde del parque de aquí cerca; yo también intentaré sacar tiempo. En mayo, una mañana o una tarde para relajarnos».

Para muchas personas quizá sea solo un mensaje sencillo. Para mí fue mucho más.

En Japón, una invitación así, tan directa, tan cercana, tan sin barreras, no es tan habitual. Yo vengo de un país donde a veces uno llama, aparece, invita, abraza la vida sin medir tanto la distancia. Por eso, recibir ese mensaje me llenó de alegría. Sentí algo familiar. Algo humano. Algo que no necesitaba demasiadas explicaciones.

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Al llegar al parque me encontré con una arboleda enorme. Era una belleza. Más que un parque, parecía una pequeña montaña natural, con un lago en el centro y una calma que se respiraba desde el primer paso.

Saqué a Batres del coche y allí apareció él, como si fuera Tarzán llegando a su propia tierra. Le faltó poco para empezar a trabajar con su olfato, buscando todos los olores que salían de cada rincón del parque. Tierra, árboles, humedad, hojas, caminos, personas lejanas, aire fresco. Para él aquello no era solo un paseo. Era un mundo entero abierto delante de su nariz.

Anduvimos unos minutos y me encontré con Nobu san.

Estaba sentado tranquilamente en un banco. Desde el primer momento me dio la sensación de ser una persona acostumbrada a tratar con todo tipo de gente. Había en él una calma especial. Una naturalidad muy poco forzada. Incluso diría que tiene un carácter muy latino, de esos que hacen que uno se sienta cómodo sin necesidad de preparar demasiado la conversación.

Me acerqué, me saludó con cariño, y enseguida todo fue fácil.

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Lo que más me sorprendió fue Batres.

Batres, que normalmente ladra o gruñe cuando alguien se acerca a mí o a él, esta vez no hizo nada. No ladró. No se puso nervioso. No se defendió de ninguna presencia nueva. Simplemente se quedó quieto en el banco, con nosotros dos, escuchando la conversación como si entendiera que allí no había peligro.

Eso, en Batres, es muy raro.

Y quizá por eso el momento se me quedó grabado. Porque cuando un perro que suele protegerlo todo decide quedarse tranquilo, uno siente que algo bueno hay en la energía de la persona que tiene delante.

Batres sentado entre la hierba del parque con un arnés de rayas. Fotografía de Nobu san.
Fotografía: Nobu san / Photo Hidetaka Nobu

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Fue un paseo maravilloso.

Caminamos, hablamos y aprendí muchísimo de las conversaciones con Nobu san. Tiene una forma de mirar el mundo que no viene solo de la cámara, sino de haber observado mucho a las personas. De haber visto muchos rostros, muchos cuerpos, muchos silencios. Se nota cuando alguien ha pasado la vida mirando de verdad.

Yo estaba tan entusiasmado que se me olvidó almorzar. Pasó el tiempo en el parque y ni siquiera me di cuenta. A veces eso solo ocurre cuando uno está en un lugar donde el cuerpo no pide nada más, porque el alma ya está comiendo de otra manera.

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Me alegra mucho el día tan bonito de amistad que pasé junto a Nobu san.

Al llegar a casa recibí las fotos que nos hizo a Batres y a mí en el parque. Y al verlas sentí gratitud. No solo por las imágenes, sino por el tiempo. Por la mirada. Por la invitación. Por esa forma sencilla de decir: “vamos a tomar algo, vamos a ver verde, vamos a crear un rato de calma”.

Hay amistades que nacen sin ruido. Sin ceremonia. Sin explicación.

Solo aparecen un día, en un parque, junto a un lago, con un perro tranquilo al lado y una conversación que se queda dentro.

Ojalá esta amistad sea de esas que, cuando uno se hace viejo, siguen caminando a su lado.

  • Parque Metasequoia: Google Maps

  • Fotografía: Nobu san / @kurubushi88

  • Benito García: @benitogarcia_japon

  • BG Flamenco Academy: bgflamenco.com

Fotografía: Nobu san / Photo Hidetaka Nobu