Unos días en Villaharta entre familia, naturaleza y pequeñas cosas que no sabía cuánto echaba de menos.
Ángela consiguió la casa de sus sueños y, sin saberlo, también construyó otro lugar al que su hermano puede volver.
Cuando una hermana consigue su sueño
Hay alegrías que no nacen de algo que nos sucede a nosotros, sino de comprobar que una persona a la que queremos ha conseguido aquello que deseaba.
Eso fue lo que sentí al llegar a Villaharta y ver la vida que mi hermana Ángela ha construido junto a Antonio.
No fui solamente a conocer una casa en un pueblo. Fui a encontrarme con el sueño de mi hermana convertido en realidad: su propio hogar, la tranquilidad, la naturaleza, una vida compartida con Antonio y un pueblo pequeño y acogedor donde disfrutar de una manera distinta de vivir.
Mientras recorría la casa y observaba cada rincón, había una frase que regresaba constantemente a mi cabeza: «Lo consiguió».
Ángela consiguió aquello con lo que había soñado. Y verla feliz dentro de la vida que ha elegido me produjo una alegría difícil de explicar.
A veces, una casa dice mucho más que sus paredes. Habla del esfuerzo, de las decisiones, del tiempo y de todo lo que una persona ha tenido que recorrer hasta poder sentirse finalmente en su lugar.
La casa de Ángela no es solamente una casa bonita en Villaharta. Es el hogar que ella deseaba construir. Y durante estos días también se ha convertido en un lugar donde Teo y yo hemos sido recibidos con un cariño enorme.
Villaharta, un pueblo donde todavía te saludan
Una de las primeras cosas que me sorprendió al caminar por Villaharta fue escuchar cómo las personas se saludaban al cruzarse.
«Buenos días». «Hola». «Hasta luego».
Puede parecer algo pequeño, pero después de tantos años viviendo fuera, esos gestos cotidianos adquieren un significado especial.
Yo amo Japón. Allí he construido mi vida, mi familia, mi trabajo y una parte esencial de quien soy. No necesito comparar ambos lugares ni decidir que una cultura es mejor que la otra.
Pero hay cosas de España que echo de menos cuando estoy en Japón. Y seguramente también existirían muchas cosas de Japón que echaría de menos si algún día dejara de vivir allí.
Después de tantos años, uno descubre que puede tener dos culturas y dos lugares dentro del corazón sin necesidad de elegir entre ellos.
En Villaharta volví a encontrar una manera de relacionarse que conocía desde pequeño, pero que ya no forma parte de mi vida cotidiana. Esos saludos en la calle me recordaron que, a veces, la sensación de pertenecer comienza con algo tan sencillo como que una persona te mire y te diga: «Buenos días».

Villaharta, un pueblo donde la calma también forma parte del paisaje.
El cariño no necesita traducción
Uno de los regalos más importantes de estos días ha sido ver a Teo convivir con Ángela y con nuestra familia española.
Lo he visto jugar con su tía, participar en los juegos alrededor de la mesa, escuchar conversaciones, reírse y formar parte de momentos familiares aunque todavía no comprenda completamente el español.
Y he vuelto a comprobar algo muy sencillo: el cariño no necesita traducción.
Teo ha crecido en Japón y no ha podido vivir cotidianamente muchos de estos momentos con su familia española. Para él, este viaje no es solamente conocer lugares nuevos. También es comenzar a crear recuerdos que hasta ahora no había tenido la oportunidad de vivir.
Una risa con su tía. Un juego compartido. Una conversación de la que quizá no entiende todas las palabras, pero sí comprende el tono, la alegría y el afecto.
Hay vínculos que no se construyen explicándolos. Se construyen estando juntos.
Creo que dentro de unos años Teo quizá no recuerde cada conversación de estos días, pero sí recordará cómo se sentía alrededor de aquella mesa, cómo jugaba con Ángela y cómo una familia a la que no ve diariamente lo recibió como si el tiempo y la distancia no fueran importantes.

Teo y su abuela durante aquellos días en Villaharta.

Teo y Ángela compartiendo uno de los juegos de aquellos días.
La casa vivida
Durante estos días, la casa de Ángela estuvo llena de esas escenas que parecen normales mientras suceden, pero que se convierten en algo valioso cuando llevas muchos años viviendo lejos.
La mesa preparada. La comida casera. Las conversaciones que continúan después de terminar de comer. Ángela, Antonio, mi madre, Teo y yo compartiendo el mismo espacio sin necesidad de que ocurriera nada extraordinario.
Después de tantos años viviendo fuera, algunas de las cosas que más se echan de menos no son los grandes acontecimientos. Son una mesa familiar, una conversación que se alarga y saber que no tienes que marcharte a ninguna parte.
La hospitalidad de Ángela y Antonio hizo que no sintiéramos que estábamos simplemente de visita. Nos permitieron entrar en su vida cotidiana, compartir su casa y sentir que también nosotros formábamos parte de aquel lugar.
Una casa se termina de construir cuando comienza a llenarse de vida. Y durante estos días, la suya estuvo llena de familia, juegos, comidas, conversaciones y risas.

Ángela y mi madre, juntas al atardecer en Villaharta.
Un pueblo pequeño también puede guardar historias enormes
Ángela y Antonio también nos acompañaron a descubrir Villaharta.
Paseando por el pueblo y por su entorno fuimos encontrando rincones que me hicieron mirar aquel lugar con más atención.
Uno de ellos fue El Rey de la Cetrería, de Aurelio Teno, en el cementerio. Encontrarme con esta presencia artística allí añadió otra dimensión al paseo. No estaba descubriendo solamente el lugar donde vive mi hermana, sino también parte de la cultura y de la memoria que habitan en ese pueblo.

La obra de Aurelio Teno en el cementerio de Villaharta.
No hace falta convertir ese momento en una explicación histórica extensa para comprender su importancia. Basta con detenerse delante de la placa, leer los nombres y recordar que detrás de cada uno existió una vida.
Un pueblo pequeño también puede guardar historias enormes: historias de arte, de emigración, de sufrimiento, de memoria y de personas que dejaron una huella mucho mayor que el tamaño del lugar donde nacieron.

Memorial de los vecinos de Villaharta deportados a campos de concentración nazis.
La Virgen de los Emigrantes
De todos los rincones que encontré aquellos días, quizá la Virgen de los Emigrantes fue el que más directamente me habló.
Yo también soy emigrante.
Me marché muy joven de Córdoba y construí mi vida en Japón. Allí he vivido durante décadas, he formado una familia, he desarrollado mi trabajo y he aprendido a mirar el mundo desde otra cultura.
Pero marcharse no significa borrar el lugar del que uno procede.
Córdoba continúa dentro de mí. Aparece en mi forma de hablar, en mi manera de sentir, en mi trabajo, en el flamenco y en muchas cosas que quizá solamente se hacen visibles cuando regreso.
Frente a la Virgen de los Emigrantes pensé en todas las personas que un día tuvieron que marcharse o decidieron buscar su camino lejos de casa. Pensé también en lo extraño que puede resultar regresar después de tantos años y comprobar que uno reconoce su tierra y, al mismo tiempo, la contempla con otros ojos.
Volver no significa regresar exactamente al lugar que dejamos. Nosotros hemos cambiado. Las personas que permanecieron también han cambiado. Las familias han continuado sus vidas y han construido nuevos hogares.
Quizá por eso este viaje está siendo tan importante para mí. No estoy regresando solamente a mis recuerdos. También estoy descubriendo todo lo nuevo que ha nacido mientras yo vivía lejos.

La Virgen de los Emigrantes, uno de los lugares que más directamente me habló.
Un supermercado y una forma inesperada de nostalgia
Uno de los momentos más cotidianos de estos días fue nuestra visita a Carrefour con Ángela, Antonio, mi madre y Teo.
Nunca pensé que algún día echaría de menos un supermercado.
Pero quizá no echaba de menos el supermercado. Echaba de menos caminar por un pasillo y comprenderlo todo sin esfuerzo.
Leer automáticamente el nombre de cada producto. Entender sus ingredientes. Saber para qué sirve. Reconocer alimentos, olores, envases y marcas que forman parte de mi infancia.
Allí estaban las galletas TostaRica de Cuétara, el ColaCao en formato grande, el jamón, el chorizo, las magdalenas, los dulces, los cosméticos y tantos productos cotidianos que en otro momento habrían pasado completamente desapercibidos.
Sin embargo, después de tantos años en Japón, los observaba de una manera distinta.
No porque en Japón me falte de nada ni porque rechace la vida que he construido allí. Al contrario. Japón es mi hogar y forma parte de mí.
Pero poder leer cada etiqueta sin concentrarme, comprender inmediatamente todos los matices y reconocer productos que pertenecen a mis primeros recuerdos despertó una nostalgia que no esperaba.
A veces uno descubre cuánto echa de menos su tierra delante de algo tan sencillo como un paquete de magdalenas.
Aquella visita me recordó que la identidad también se esconde en las cosas pequeñas: en los sabores, en los pasillos de un supermercado, en las marcas que veíamos de niños y en esa sensación de comprender el entorno sin tener que traducirlo dentro de la cabeza.
Mirar juntos hacia el cielo
Aquellos días también nos regalaron momentos que no estaban organizados.
Estuvimos atentos al eclipse y esperamos durante la noche la llegada de las Perseidas, rodeados por la tranquilidad y la naturaleza de Villaharta.
No necesitábamos convertirlo en una gran actividad ni saberlo todo sobre el cielo. Lo importante era estar allí: compartir la espera, levantar la mirada y sentir que, durante unos instantes, todos estábamos pendientes de lo mismo.
Algunos recuerdos se organizan durante meses. Otros simplemente aparecen y tienes que estar allí para recibirlos.
Quizá, con el tiempo, estos sean precisamente los momentos que regresen con mayor claridad: una noche mirando el cielo, una conversación alrededor de una mesa o una calle tranquila donde alguien nos dio los buenos días.

La naturaleza de Villaharta, entre montes y caballos.
Otro lugar al que volver
Hoy dejo Villaharta y vuelvo a casa de mi madre.
Me voy contento porque he podido comprobar que mi hermana ha encontrado el lugar que durante tanto tiempo soñó.
Me llevo el cariño con el que Ángela nos abrió su casa, las risas compartidas con Teo y el agradecimiento a Antonio por su hospitalidad y por hacernos sentir parte de aquel hogar.
Mientras yo construía mi vida lejos, las personas que quiero también continuaron construyendo la suya.
Y al regresar descubrí que existen nuevos lugares esperándome.
Ángela no solamente me abrió la puerta de su casa. Me permitió volver a sentirme hermano, hijo y familia.
Ángela consiguió la casa de sus sueños y, sin saberlo, también construyó otro lugar al que su hermano puede volver.
AlitaDePollo
Créditos
Texto: Benito García · Firma editorial: AlitaDePollo
Fotografías: archivo familiar de Benito García.
Lugar principal: Villaharta, Córdoba.
Personas mencionadas: Ángela, Antonio, Teo y la madre de Benito.

