Silvia y yo · Dos caminos de baile que volvieron a encontrarse en Córdoba
Hay días que uno sabe, incluso mientras los está viviendo, que no van a desaparecer nunca de la memoria.
Hoy ha sido uno de esos días.
Desde que Silvia era muy pequeña he tenido con ella una relación muy especial. Tuve la suerte de verla nacer, verla crecer y descubrir, desde muy pronto, una forma de querer a su tío Beni que siempre me emocionó.
Cada vez que regresaba de Japón, Silvia me miraba de una manera que era imposible no sentir. Le encantaba su tío. Me observaba bailar. Quería saber qué hacía. Quería bailar flamenco como yo.
Quería, de alguna manera, parecerse a aquel tío que aparecía de vez en cuando desde un país lejano y que había dedicado su vida al baile. Yo veía aquellos ojos de niña y sentía un cariño inmenso. Pero entonces ninguno de los dos podía imaginar dónde terminaría llevándonos la vida.

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Cada uno encontró su camino
Silvia creció. Continuó estudiando danza y entró en el Conservatorio de Córdoba, donde terminó sus estudios. Durante un tiempo parecía que su camino iba a continuar cerca del flamenco.
Pero el arte tiene algo maravilloso: no siempre nos conduce por la carretera que otros imaginan para nosotros. Silvia encontró la suya. Su cuerpo empezó a hablar otro lenguaje.
Llegaron la bachata, el baile moderno y una manera propia de expresarse. Y aquella niña que quería bailar como su tío fue convirtiéndose, poco a poco, en una artista con su propia personalidad.
Hoy viaja por el mundo gracias al baile, comparte escenarios y proyectos con su pareja y ha construido una enorme comunidad de personas que siguen su trabajo. Y yo la miro y pienso: qué bonito es ver a alguien que quieres encontrar su propio camino.
Porque quizá de niña quería bailar como su tío. Pero lo verdaderamente importante es que terminó aprendiendo a bailar como Silvia.

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Hoy entramos juntos en una sala de ensayo
Y entonces llegó este día. Después de tantos años. Después de tantos viajes. Después de tantos caminos diferentes.
Mi sobrina y yo entramos juntos en una sala de ensayo. No para recordar el pasado. No para que yo le enseñara a ella. Ni para que ella me enseñara a mí. Entramos para crear juntos.
Queríamos preparar una coreografía para grabar un vídeo que algún día compartiremos en Instagram y en nuestras redes sociales. Pero lo que ocurrió dentro de aquella sala terminó siendo mucho más importante para mí que el propio vídeo.
Empezamos a probar movimientos. Yo proponía una idea. Silvia respondía con otra. Ella modificaba algo. Yo comprendía inmediatamente lo que quería decir. Un movimiento llevaba al siguiente. Una intención provocaba otra.
Y hubo un momento en el que me di cuenta de algo que me emocionó profundamente: nos entendíamos. No solamente como tío y sobrina. Nos entendíamos como artistas.
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Dos lenguajes y una misma conversación
Yo llevo toda una vida dentro del flamenco. Silvia ha construido gran parte de su lenguaje actual desde otros estilos. Nuestros cuerpos han aprendido cosas diferentes. Tenemos experiencias distintas. Generaciones diferentes. Caminos diferentes.
Y, sin embargo, cuando empezamos a crear juntos aquello no fue una dificultad. Todo lo contrario. Se convirtió en riqueza. El flamenco encontraba su cuerpo. Su manera de moverse encontraba el mío.
No necesitábamos decidir qué parte pertenecía a quién. Simplemente estábamos creando. Y mientras la miraba bailar pensé en aquella niña pequeña que quería seguir los pasos de su tío.
Hoy aquella niña ya no estaba detrás de mí. Estaba a mi lado.
Durante años fui el tío al que Silvia miraba deseando algún día bailar como él. Hoy entré en una sala de ensayo y descubrí que aquella niña ya no estaba intentando seguir mis pasos. Estaba creando los suyos junto a los míos.
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Después llegó Córdoba
Cuando terminamos de trabajar en la sala, salimos a grabar. Y qué mejor escenario para hacerlo que Córdoba. Fuimos recorriendo algunos de sus lugares emblemáticos, buscando imágenes, espacios, luces y rincones donde dejar grabada aquella coreografía.
Pero para mí ya no se trataba solamente de conseguir un vídeo bonito. Cada movimiento tenía otro significado. Estaba bailando con mi sobrina. En nuestra tierra. En la ciudad que forma parte de nuestra historia familiar.
Dos personas de una misma familia, después de recorrer caminos artísticos diferentes, volvían a encontrarse a través de aquello que probablemente compartimos de la manera más profunda: el arte.

Mientras grabábamos intentaba saborear cada segundo. Saborear Córdoba. Saborear la felicidad. Saborear el movimiento. Saborear la mirada de Silvia. Saborear cada gesto que mi sobrina me regalaba.
Porque sé que la vida pasa demasiado rápido. Y también sé que dentro de unos años podremos volver a ver ese vídeo y recordar exactamente quiénes éramos aquel día.
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Algo para toda la vida
A veces hacemos vídeos pensando en Instagram. En una publicación. En unas visualizaciones. En algo que durará unos segundos en la pantalla de alguien. Pero este vídeo no será eso para mí. Será un recuerdo.
Dentro de diez, veinte o treinta años podremos mirarlo y decir: «Ese día estuvimos juntos en Córdoba y creamos esto.»
Quizá nuestros cuerpos cambien. Quizá ya no recordemos exactamente cómo construimos cada paso. Quizá olvidemos alguna conversación de aquella sala. Pero espero que nunca olvidemos lo que sentimos.
Porque aquel día no sentí que simplemente estuviera grabando un vídeo con mi sobrina. Sentí que estábamos dejando una pequeña parte de nosotros dentro de Córdoba para poder regresar a ella cuando queramos.
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El verdadero regalo
Este viaje a España me está dando muchos momentos que jamás habría podido planificar. Reencuentros. Familia. Conversaciones. Mi hijo descubriendo sus raíces. Lugares que había olvidado. Personas que vuelven a entrar en mi vida.
Pero hoy recibí otro regalo: poder encontrarme artísticamente con mi sobrina.
Aquella niña que me miraba fascinada. Aquella niña que quería bailar flamenco como su tío Beni. Aquella niña que creció, estudió, buscó, cambió de dirección y terminó construyendo su propio mundo. Hoy estaba frente a mí.
Ya no como una niña. Ya no como alguien intentando imitarme. Sino como una mujer y una artista capaz de ofrecerme sus ideas, sus movimientos y su sensibilidad.

Y quizá ahí se encuentre una de las mayores emociones que puede experimentar alguien que ha dedicado toda su vida al arte: ver que una persona que un día te miró como referencia ha conseguido convertirse en alguien de quien tú también puedes aprender.
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Silvia
Hoy estoy emocionado. Mucho. Porque no ha sido solamente otro día en España. Ni solamente otro día en Córdoba.
Ha sido el día en que, por fin, pude estar junto a mi sobrina alimentando aquello que más amo en esta vida: el arte.
Y mientras bailábamos tuve la sensación de que todo estaba exactamente donde debía estar. Ella con su camino. Yo con el mío. Y durante unas horas, los dos caminos convertidos en uno.
Hoy no he saboreado solamente Córdoba. He saboreado la felicidad, el arte y cada movimiento que mi sobrina me regalaba. Y ese recuerdo ya es nuestro para siempre.
AlitaDePollo

