Lo que ocurre dentro del flamenco mientras el público mira
— Benito García —
Muchas veces me pregunto qué es lo que realmente ve el público cuando mira flamenco.
Ve un bailaor.
Ve una guitarra.
Escucha a un cantaor.
Ve fuerza, movimiento, compás, una coreografía, una escobilla, un remate.
Y claro que todo eso está ahí.
Pero desde dentro del escenario pasan muchísimas más cosas.
Cosas que a veces ni siquiera se pueden explicar bien.
Después de tantos años bailando, enseñando y estando rodeado de flamenco, hay algo que cada vez tengo más claro: una cosa es mirar el flamenco desde fuera y otra muy distinta es estar dentro.
Y no lo digo como algo mejor o peor.
Simplemente es diferente.
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El compás
El público escucha la música.
Nosotros también.
Pero cuando estás dentro, el compás no es solo seguir el ritmo.
Para mí es como estar dentro de un sitio.
Tú sabes dónde estás.
Sabes dónde puedes entrar.
Dónde tienes que esperar.
Dónde puedes apretar.
Dónde puedes dejar respirar.
Y también sabes cuándo algo se está preparando aunque todavía no haya ocurrido.
Desde fuera puede parecer que estamos haciendo pasos encima de una música.
Pero por dentro estamos escuchando muchas cosas a la vez.
Y estamos tomando decisiones todo el tiempo.
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No todo está escrito
A veces el público puede pensar que todo lo que hacemos está preparado.
Y sí, claro.
Hay estructura.
Hay ensayos.
Hay cosas que sabemos.
Pero una cosa es tener una estructura y otra que todo ocurra exactamente igual.
Eso no pasa.
El cantaor puede hacer una cosa diferente.
La guitarra puede respirar de otra manera.
Yo puedo sentir que todavía no tengo que entrar.
O que tengo que entrar antes.
O que hay que esperar.
Y ahí está una de las cosas más bonitas.
Que estamos trabajando con algo que está vivo.
Para improvisar de verdad hay que saber mucho.
No es hacer cualquier cosa.
Es saber dónde estás para poder moverte dentro.
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Las miradas
Esto desde fuera casi no se ve.
Pero nosotros nos miramos mucho.
Una mirada puede decir perfectamente:
«ahora».
«espera».
«sigue».
«voy».
«termino».
Y no hace falta hablar.
Hay veces que el público está mirando un momento muy fuerte del baile y, sin embargo, entre nosotros ha ocurrido algo mucho más pequeño.
Una mirada.
Y con eso ya está dicho todo.
A mí esa parte me gusta muchísimo.
Porque ahí sientes que no estás bailando solo.
Estás hablando con los demás.
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Saber no hacer
Esto también cuesta mucho entenderlo.
Sobre todo cuando uno empieza.
A veces creemos que bailar bien es hacer mucho.
Muchos pies.
Muchos brazos.
Mucha fuerza.
Muchos remates.
Pero no siempre.
A veces lo más difícil es no hacer.
Esperar.
Escuchar.
Quedarte quieto.
Dejar que el cantaor termine.
Dejar que la guitarra hable.
No meterte donde no hace falta.
Y eso cuesta.
Porque el silencio también forma parte del flamenco.
Y muchas veces un silencio bien hecho tiene más fuerza que veinte pasos.
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El paso no lo es todo
Esto se lo digo mucho a mis alumnas.
Puedes aprender perfectamente un paso.
Puedes hacer el mismo movimiento que yo.
Puedes colocar el brazo en el mismo sitio.
Puedes hacer los mismos golpes.
Pero eso todavía no significa que estemos bailando lo mismo.
Porque falta una cosa.
La intención.
¿Por qué haces ese paso?
¿Qué estás diciendo?
¿A dónde vas?
¿Estás atacando?
¿Estás esperando?
¿Estás acompañando?
¿Estás respirando?
Dos personas pueden hacer exactamente lo mismo y una decir algo y la otra no.
Por eso para mí el flamenco nunca puede quedarse solamente en aprender coreografía.
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Lo difícil es que parezca natural
Hay cosas que el público ve y parecen fáciles.
Caminar.
Pararte.
Levantar un brazo.
Dar una vuelta.
Quedarte quieto mirando.
Y muchas veces esas cosas son dificilísimas.
Porque para que algo parezca natural hay muchísimo trabajo detrás.
Equilibrio.
Fuerza.
Control.
Resistencia.
Coordinación.
Horas.
Años.
El cuerpo aprende poco a poco.
Y llega un momento en que todo ese trabajo tiene que desaparecer.
No puede parecer que estás pensando en veinte cosas.
Tiene que parecer que simplemente estás ahí.
Y eso cuesta muchísimo.
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Escuchar al cantaor
Para mí esto es fundamental.
No se puede bailar pensando solamente en la coreografía.
Si estás esperando tu paso y no estás escuchando, ya estás fuera.
Hay que escuchar cómo respira el cantaor.
Cómo empieza una letra.
Cómo la estira.
Cómo la termina.
Dónde aprieta.
Dónde afloja.
Dónde te está dejando un espacio.
Y a veces tú llevabas una cosa pensada y el cante te obliga a cambiarla.
Eso para mí es flamenco.
No decir:
«ahora toca este paso».
Sino decir:
«esto es lo que está pasando ahora, y yo tengo que estar dentro de esto».
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El miedo también sale contigo
El público ve al artista cuando ya está en el escenario.
Y desde fuera puede parecer que uno está muy seguro.
Pero antes de salir pueden pasar muchas cosas por la cabeza.
Nervios.
Dudas.
Miedo.
Esa respiración rara antes de entrar.
Yo creo que eso no desaparece porque tengas experiencia.
Aprendes a convivir con ello.
Y llega el momento en el que tienes que salir.
Con seguridad o sin ella.
Con miedo o sin miedo.
Sales.
Y ahí empieza todo.
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Lo que uno se lleva a casa
Cuando termina una actuación, el público aplaude.
Y eso es bonito.
Pero muchas veces lo que yo recuerdo después no tiene nada que ver con el aplauso.
Puede ser un momento pequeñísimo.
Una mirada.
Un silencio.
Algo que hizo el cantaor.
Una respuesta de la guitarra.
Un momento en el que sentiste que todos estábamos en el mismo sitio.
O incluso algo que salió mal y que conseguimos resolver juntos.
A lo mejor nadie lo vio.
Pero nosotros sí.
Y eso se queda.
Yo muchas veces me llevo esas cosas a casa.
No necesariamente el momento más espectacular.
Sino ese instante en el que pasó algo de verdad.
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El flamenco es mucho más que baile, cante y guitarra
Cuando intentamos explicar el flamenco decimos siempre lo mismo:
baile, cante y guitarra.
Y está bien.
Pero para mí el flamenco es mucho más grande.
Hay una forma de hablar.
Hay códigos.
Hay formas de mirarse.
Hay respeto.
Hay maneras de acompañar.
Hay memoria.
Hay personas que te enseñan cosas sin sentarte delante de una pizarra.
Hay cosas que aprendes después de verlas cien veces.
Y hay cosas que un día entiendes de repente.
También cambia.
También evoluciona.
No está muerto.
Está vivo.
Y seguramente por eso es tan difícil meterlo todo dentro de una definición.
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Lo que muchas veces no se ve
Al final el público ve el baile.
Escucha el cante.
Escucha la guitarra.
Pero dentro del escenario hay muchas otras cosas ocurriendo.
Estamos escuchando.
Estamos hablando sin hablar.
Estamos dudando.
Estamos esperando.
Estamos tomando decisiones.
Estamos sintiendo miedo.
Estamos controlando el cuerpo.
Estamos dejando espacio al otro.
Y todo eso ocurre en segundos.
Para mí, el flamenco no es solamente lo que se ve.
Es también lo que pasa entre nosotros.
Y quizá eso sea una de las cosas que más me siguen gustando después de tantos años.
Que puedes estudiar muchísimo.
Puedes ensayar muchísimo.
Puedes tener todo preparado.
Pero cuando llega el momento de verdad, hay algo que no se puede preparar del todo.
Tiene que ocurrir.
Y cuando ocurre, incluso aunque el público no sepa exactamente qué ha pasado, lo siente.
— Benito García —

